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Hoy, como nunca antes, la capacidad de cualquier individuo para divulgar ideas es inmensa, incluso cuando se compara con el pasado relativamente reciente: Hasta 1985 la computadora personal se convirtió en una máquina en el hogar de millones de personas, fue tan sorpresiva su irrupción en el mundo, que los grandes fabricantes de máquinas de escribir como Olivetti, Olympia, Remington, Brother no tuvieron tiempo para reaccionar y ninguna de esas, entonces boyantes empresas, sobrevivió frente al dúo “computadora - impresora”  Para 1989 el internet era otra realidad, también al alcance de cualquier hogar que contara con un teléfono alámbrico. En ese año ya existían  las páginas de la triple www y su majestad, el correo electrónico, había nacido con “Compu-Serve” y “MCI”, lo que ocurrió después es una historia de tantos saltos cuánticos para la humanidad, que no los podemos precisar en este espacio. Pero es importante realzar el hecho de que cualquier persona nacida en 1984, antes de la “Era tecnotrónica” apenas cumple 28 años, es decir, apenas está abriendo el capullo, apenas sus ojos se acostumbran a la luz de esta parte del universo.

A pesar de que es un perfecto lugar común, de que no es necesario decirlo porque cualquiera lo sabe, me atrevo a poner énfasis en el hecho, de que solo unos cuantos momentos similares ha vivido el mundo: La transformación de la sociedad de nómada a sedentaria, la invención de la Filosofía, la divulgación del cristianismo, la invención de la imprenta, el descubrimiento de América, la Reforma protestante, la duda cartesiana, la Ilustración, la invención de la Democracia moderna, la independencia de Estados Unidos de América y la “Era atómica”, pero ninguno de estos enormes acontecimientos, que cambiaron radicalmente a la humanidad, ha manifestado sus efectos en tan poco -en tan breve tiempo- como la revolución de la tecnología electrónica aplicada al acervo y a la gestión de la información.

En apariencia esta ‘revolución’ sola ha traído beneficios: Una interconexión mundial, unos cuantos grandes medios llamados “redes sociales” a las que se ingresa de manera gratuita, en tiempo real, sin censura y donde uno mismo –ahora llamado usuario- impone sus fronteras si quiere. Una serie de instrumentos de comunicación formidables: computadoras, teléfonos conectados al internet, bases de datos al acceso de cualquiera, información del momento, clasificable, ordenable según nuestros propios deseos. Hoy cualquiera puede exponer con toda precisión sus ideas en medios de divulgación masivos de manera instantánea, pero ¿Realmente, esto solo ha traído beneficios o estamos pagando algo por todo esto?

Para responder a tan importante pregunta, es necesario ver lo que está ocurriendo precisamente a nuestro alrededor, en la televisión, en las mismas redes sociales, en la literatura que aún se produce, en las cátedras universitarias, donde encontraremos una creciente homogenización de las ideas sociales y no precisamente, una homologación a las grandes ideas, sino al contrario, mientras las ciencias fácticas y las tecnologías de todo tipo prosperan, se diversifican, se multiplican, se enriquecen, las ideas sociales se empobrecen, se confunden, desaparecen, o se banalizan como si fueran innecesarias, superfluas. Esto lo podemos apreciar viendo a los nuevos prohombres de nuestra realidad: Los locutores que nos mediatizan, inyectándonos en millones de horas de programación, un pensamiento previamente elaborado y digerido por quien sabe quién, los encuestadores que nos convencen de que ellos saben lo que nosotros –cada uno de nosotros- piensa o cree,  los políticos que  desprecian nuestra opinión, pues se proclaman representantes del campo ideológico al que forzosamente debemos pertenecer so pena de no existir y de no estar representado.

Es un hecho, estamos viviendo la peor pesadilla imaginada por José Ortega y Gasset, ya traspusimos el dintel de acceso a una nueva Edad Media, pero sin los gérmenes de cambio y renovación que esa época tuvo, ahora vamos camino a la masificación absoluta de la conciencia mundial, una edad donde todos vamos a embotellarnos en uno de dos o tres envases ideológicos, pero que en realidad contienen la misma substancia. La mayor tentación de todos los dictadores ha sido la de que todos pensemos igual, pero nunca antes esos tiranos ideológicos tuvieron los medios para lograrlo, ahora los tienen y además se adaptaron a los nuevos tiempos, pues lo moderno es que quieren que pensemos de unas cuantas maneras, aparentemente distintas, pero que en realidad son una.

La ironía o la paradoja de nuestro tiempo, es que las llaves de nuestra libertad -todas estas nuevas tecnologías- las utilizamos para cerrar sobre nuestras muñecas los grilletes de una moderna opresión. A donde quiera que se vuelva la vista, encontraremos un griterío que nos exige sumarnos a uno de los dos o tres bandos en disputa: O izquierda o derecha, o de un partido o de otro, o economía de mercado o socialismo, o productor o cliente, o víctima o victimario, o amigo o enemigo, o crees en este decálogo o crees en este otro, pero no hay más, cada vez es más difícil encontrar nuevas ideas, o ideas innovadoras, toda discusión gira en dos o cuando mucho tres opciones, los matices del pensamiento, sus sutilezas, tienden a perderse definitivamente, no parece haber espacio para más y quién pone en duda los fundamentos de ese pobre y miserable mundo, es ignorado o evitado, no es la represión del pasado, sino la nueva opresión la de ser ignorado por todo el sistema de voces que gritan “somos idiotas pero felices. Síguenos!”

Por Antonio Limón López


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