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MAL PADRE Y PEOR MAESTRO



¿Cual es el papel del PRI en la formación política de los mexicanos? Bueno esta es una pregunta que ya habrá escuchado anteriormente, una pregunta que incluso antes de haberla escuchado seguramente usted se formuló en el algún momento y claro, seguramente consideró que el PRI tiene una importancia central en la formación política del mexicano de hoy, no sólo si tratamos de apreciarla tomando como marco de referencia el altisonante éxito que obtuvo en las elecciones federales recién pasadas, sino aún en el caso de que hurguemos dentro de eso que es el plebiscito de todos los días, sí.. de eso que es nuestra identidad nacional.


Desde el año 2000 se ha anunciado la muerte del partido revolucionario institucional, incluso muchos llegamos a pensar que el PRI de Plutarco Elías Calles, de Cárdenas, de Díaz Ordaz, de Echeverría, de Salinas de Gortari murió en algún momento a manos de Ernesto Zedillo o de Vicente Fox o quizás victimado por sus “reformadores” priistas egresados de Yale, Georgetown o Harvard o peor aún, sacrificado por sus más radicales apologistas, los superarchirrecontrahiperpriistas Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador o ya en el peor de los casos por las puñaladas traperas que le asestó la despechada, vengativa y todopoderosa superlideresa Elva Esther Gordillo; Pero no, a todas luces vemos que el “difuntito PRI” …goza de cabal salud y ¡hoy, hoy, hoy! -como pronunciara el bembo más afortunado del planeta- anda de parranda.


Pues no sólo vive el PRI como una realidad exterior a la nuestra, sino que el PRI vive dentro de nosotros mismos a raíz no sólo de una especie de éxito político, sino como parte integral de cada una nuestras células y moléculas espirituales, el PRI vive en cada mexicano, en cada uno de los que lo afirman y votan por él y en cada uno de los que lo negamos y abjuramos vanamente de su existencia, el PRI sustituyó a nuestro ángel de la Guarda, al ángel bueno y al mismo tiempo al diablillo que nos mal aconseja, esta con todos los partidos políticos actuales, incluyendo a los más radicales y a los más acomodaticios, a los banales y a los trágicos, a los que lo saben y se comportan como farsantes y los que lo ignoran y son solo cándidos e ingenuos y aunque dan ganas de enmendarle la plana a Octavio Paz en su “Laberinto de la Soledad” o a Samuel Ramos en “El perfil del hombre y la cultura en México” bien vale decirlo, un poco a la manera de nuestro más eximio poeta épico e íntimo: es el PRI, “Único a la altura del arte”, o como diría León Bloy del alma de Napoleón ..el rostro de Dios en las tinieblas”


La relevancia del PRI se diluye por la superficialidad de nuestros analistas políticos, que o hacen crónica de sociales: "el gobernador fulanito es compadre de perengano y se acuesta con la tal fulana" o es crónica de la nota roja, "este es socio de aquel en los contratos de obra pública", o en los permisos de construcción, o es simple instantánea: "estos diputados son una recua de pollinos". El PRI es a pesar de tantas historias sobre su origen, sobre sus momentos culminantes, sobre sus pastores y borregos, una realidad desconocida, ignorada, es un enorme poder difuminado en la bruma, incomprendido y mal estudiado.


Por ello siempre es oportuno señalar sus dos notas distintivas y que son las que lo caracterizan y que donde se encuentren, se encontrará un priista, así sea este ignorante de su filiación: vamos pues a la primera: el priista no tiene ideología alguna, no existe pues un cuerpo de ideas vivas que lo guíen, que lo aten, que lo siembren firmemente en la alameda ideológica de nuestro tiempo, el priista puede ser tan de “izquierda” como Plutarco Elías Calles o tan de “derechas” como Carlos Salinas de Gortari, a condición de que adoren y cultiven sus cuentas bancarias y se arrodillen ante Estados Unidos de América y con eso basta, pueden decir y creer en lo que les acomode a fin de cuentas el PRI es el cero ideológico, la nada conceptual, no existe creencia que no puedan afirmar aparentando creerla a pie juntillas, siempre que les traiga algún beneficio momentáneo y de la misma manera y por la misma razón, de inmediato negarla, abjurar de ella ¿Qué priista se toma en serio por sus convicciones? Pues ninguno.


¿No me cree? Pues vea, los mismos priistas que aplaudieron a los comecuras en las escuelas públicas educaron a sus hijos con los hermanos maristas o con los jesuitas o en el extranjero, aquellos que “casi” se dijeron dispuestos a combatir brazo a brazo con los marxistas de Cuba, fueron los primeros en abrir sus cuentas en Texas o en California y también fueron los que se desgañitaron con el “no nos volverán a saquear” mientras trasladaban sus dineritos a Estados Unidos, los mismos que aplauden a los estudiantes victimados el 2 de octubre en Tlatelolco y sin embargo, que se identificaron entonces con los agresores y no con los agredidos, hasta que ese oprobio no pudo ser escondido por mas tiempo y así podríamos citar ejemplos en derechos humanos, en política internacional, en (in)justicia, en (pesima)administración hasta lograr una bonita colección de tomos, mas o menos del mismo pelo que los de la enciclopedia británica.


La otra característica esencial del priista es que si no cree en nada !menos cree en la Democracia como la forma de elegir a sus candidatos! el buen priista prefiere las designaciones de candidatos y no las elecciones dentro del PRI, porque la democracia interna acabaría con el partido mafioso, ya que mientras subsista el gran dios del dedo, el priismo subsistirá, sea en el PRI o en cualquier otro partido que lo practique, gracias a este formidable invento de Plutarco Elias Calles, la dedocracia, los priistas seguirán siendo dóciles borregos ante quienes los impusieron candidatos y el control antidemocrático estará garantizado también hasta el fin de los tiempos.


De ahí que si revisamos la boleta electoral con cuidado, desde el primer recuadro hasta el último, veremos muchos logos y colores distintos pero a un solo y único partido verdadero, padre político de todos y por desgracia, grande y exitoso educador de nosotros los mexicanos.
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