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COMO DOMAR A NUESTRA HIDRA



La rebelión juvenil “Yo soy 131” del 11 de mayo en la “Ibero” crece saludable y solo ha sido contenida por la Babel en que se convirtió el movimiento nacional “Yo soy 132”, pero del cual, a pesar de todo lo que se quiera decir en su contra, se rescata una veta de genuina indignación y de grandes alcances para la reforma política, no solo juvenil, sino nacional.

Nuestros jóvenes cifraron su indignación contra el odiado Duopolio televisivo y al hacerlo acertaron con puntería de apaches ya que sin duda, las dos grandes televisoras nacionales son fuentes de nuestra injusticia, de nuestro atraso político, de nuestras miserias y de nuestra indignidad. No hay mal nacional que no haya sido magnificado por las dos grandes empresas televisoras, en todos los campos del ser nacional las televisoras han incursionado imponiendo pautas degradatorias, corrompiéndolo todo y cambio, no solo han recibido impunidad, sino todo el oro de la República.

¿Pero qué hacer con el duopolio televisivo? Para responder a esta interrogante es necesario comprender de donde deviene su poder, como se agiganta sobre nuestros gobiernos, sobre nuestros partidos, sobre la sociedad en general y como es que pase lo que pase se asienta siempre en aguas seguras, a salvo de las tempestades. La respuesta es en realidad sencilla y está a la vista de todos.

La fortaleza del Duopolio, desde un punto de vista filosófico, radica en la debilidad de nuestros gobiernos, de nuestros gobernantes, de nuestras instituciones políticas, de nuestros partidos y de nuestros políticos, quienes a mayor miseria personal gastan más dinero en “publicidad institucional” –una especie de pseudo propaganda política- en los medios de comunicación, por lo que se han cebado a estos hasta convertirlos en un monstruo, en una Hidra de mil cabezas que vive de nuestro oro: Son las televisoras, las cadenas de radio, pasquines, diarios, los periodistas chayoteros, semanarios, páginas web de dizque medios informativos o de dizque periodistas independientes, incluso se atragantan cientos de intermediarios publicitarios que ofrecen la factura para ocultar el cohecho al periodista corrupto pero pudoroso que no quiere un trato directo con su corruptor.

Puede estar seguro que no encontrará en ninguna ley del presupuesto público un rubro único del gasto que diga  “publicidad institucional” encontrará cientos de rubros distribuidos en cada secretaría, en cada comisión, en cada poder del estado, en cada municipio, en cada estado, en cada dependencia municipal, estatal o federal y en cada paraestatal, paramunicipal, en cada fideicomiso, en cada entidad ejecutora de obra, asi repartido el mundo de dinero que se gasta en publicidad no se percibe claramente, se esconde, se mimetiza y claro la mayor parte de todo este mundo de dinero va a dar a las arcas del duopolio Televisa-Azteca, así como de sus apéndices, de sus extensiones, de sus intermediarios, de sus anexos y de sus periodistas corruptos.

No imagino a cuánto asciende  el total del presupuesto que por el concepto de publicidad institucional, nos gastamos cada año en México, no sabemos a cuánto asciende ese gasto una vez consolidado, no lo sé pero ciertamente a miles de millones de pesos ¿Y todo ese océano de dinero para qué sirve en estos momentos? Para satisfacer la vanidad de todos nuestros políticos, para hacerlos sentir queridos, amados por el pueblo y para que se sientan geniales, creativos, imaginativos y nos vean como si fuéramos sus pendejos.

Para disfrutar de esta jauja las televisoras solo deben soportar su “temporada baja” que son las elecciones presidenciales, pues en ellas se reduce la publicidad institucional a nada y se aumentan los espacios “gratuitos” o pautas de propaganda política, pero una vez que han pasado las elecciones y el nuevo presidente es ungido, vuelven los recibos a las ventanillas de gobierno y de ella salen los jugosos cheques, para programas de divulgación, para noticieros obsequiosos, para los atentos periodistas, para los medios “¢omprometido$” con la república y sobre todo con sus dineros. Una vez que pasa el trago amargo de las elecciones, vuelve a fluir la dulce ambrosía del oro del pueblo en las siempre secas gargantas del duopolio televisivo y claro… todo vuelve a su cruel normalidad.

¿Cómo resolver esto? La Respuesta es sencilla, hay que prohibir todo gasto en publicidad institucional a todos los gobiernos, a todas las paraestatales o fideicomisos o entidades de participación pública, ni un centavo a nadie, ni para nadie. Sí se llegará a necesitar transmitir un mensaje importante del gobierno al pueblo, para esto está la “Cadena Nacional” en manos del Secretario de Gobernación. Con esta medida nos ahorraríamos miles de millones de pesos y obligaríamos a las televisoras, radiodifusoras, grandes diarios, revistas nacionales y páginas “punto.com” a volver a la realidad y a comprometerse no con los gobiernos irresponsables que gastan el dinero del pueblo con palas, sino a comprometerse directamente con el pueblo, a dejar de buscar el favor de las arcas públicas y obligarlos a que se pongan a nuestra altura, a la de nuestro vecino que necesita publicitar sus tortas, su taller mecánico, su centro comercial, sus casa en ventas.

¿Qué ganaríamos? En primer lugar, la Nación ahorraría una inmensa fortuna  que se podría utilizar para fines realmente benéficos; En segundo lugar, nuestro gobernantes se preocuparían más por hacerse publicidad con buenas obras, con honestidad manifiesta, con mejor planeación, con rectitud, con ejemplaridad; En tercer lugar, pondríamos a las grandes televisoras y a todos los medios de comunicación al servicio y al alcance del pueblo, porque si a este no lo convencen, se morirán de hambre y otras estaciones y medios surgirán el día de su sepelio; En penúltimo lugar, dejaríamos de escuchar los anuncios grandielocuentes e idiotas de nuestros “gobiernos” promoviendo e inaugurando cosas que es su obligación hacer. Pero por último, dejaríamos de ver a las televisoras y a los grandes medios de comunicación chayoteros como lo que hasta ahora son: Insaciables enemigos y conculcadores del pueblo.

Por Antonio Limón López  
    
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